lunes 6 de julio de 2009

Azul

El mar de Selinunte (J.H.)
La presencia de lo que todos aquellos seres a los que alguna vez hemos amado o continuamos amando, a veces de manera diferente, la esencia de emociones fugaces, de encuentros fructíferos, de intercambios pasajeros pero cuyas impresiones aun gravitan en el horizonte de la propia existencia; el recuerdo para nada nostálgico de vivencias compartidas, de conversaciones de las que como pozo sin fondo se siguen percibiendo nuevos matices, surcos inimaginados; el fluir de una mirada expresión intraducible de necesidad, de deseo profundo e irrevocable de encuentro, de ductilidad, de intercambio de tu a tu, se funden en estos días de calor pesado y trabajo inconexo con los sueños que de noche me visitan y que dejan huella en el recuerdo matinal. No me sorprende su carácter conciso, concreto, pero si la levedad que adoptan, la presteza de sus formas y sentidos. La literatura asoma como eco de una tradición poética que se construye en gran medida a partir de la experiencia amorosa del un yo deseante, perdido o encontrado, verosímil o ampuloso, siempre en continua tensión con el éxodo masivo que exige el tiempo y la posición en la que nos encontramos con respecto a él. Pero no me engaño: escribir poesía exige una escisión temporal entre el hilo de la vida y el de la escritura, dos mundos paralelos que se retroalimentan sin solución de continuidad. Y a pesar de ello, la construcción poética pide una especie de amnesia provisional de ciertas sensaciones, de todas aquellas vivencias que, a flor de piel, tensionan las palabras en exceso. Quizás por todo eso, o por oscuras razones de mi ser que aún desconozco, últimamente no consigo retomar la escritura poética, y los versos se me escabullen a través de las ventanas de mi piel. Es como si el tiempo que tocase vivir fuese el de la levedad de los cuerpos, el de la piel sensible, el de ciertos vuelos emocionales que conectan con lo que está fuera de uno y que el ansia de conocimiento anhela en la intuición. Así está siendo este caluroso verano: un estimulo constante a recorrer los márgenes de la amistad, el eco acuoso de la propia intuición. Mas que escribir, es tiempo de leer poesía, aprovechando las horas de más que la jornada intensiva del trabajo remunerado ofrece, recordando quizás aquellos encuentros frutíferos de hace un año en el Jardín del Ateneu Barcelonès, rescatando versos que pasarón rápidos en edad escolar, casi sin entenderlos. Como esos de Barral que hablan de agua y sueños:
“En las aguas profundas
en las ondas del sueño amurallado,
a menudo apareces
Y en el curso
verde y olivadizo de los ríos .
Conozco tu presencia
en las cortezas húmedas del aire
y sé que en un lugar,

excavada en la lluvia

tu iluninada soledad persiste”

Como un mar transparente y ligero, a través de cuyas aguas se intuye, inmensa, su profundidad iluminada.

martes 16 de junio de 2009

Il sorriso dell'ignoto marinaio

Antonello da Messina, Marinaio Ignoto

En los últimos meses de mi estancia aquí, en Palermo, la queja se convirtió en el arma arrojadiza con la cual me defendía del caos paralizante de la ciudad, de su perenne suciedad, del trafico atroz, de la descortesía de sus funcionarios, de los escasos transportes públicos que, como carrozas fantasma, transportan a pobres e inmigrantes del centro a la más surrealista de las periferias que yo haya visto nunca en Europa, después de la de Nápoles. En cambio los regresos, desde ese 2005 en el que dí un golpe de timón a mi geografía cotidiana, han ido acompañados de una cada vez mayor calma, una aceptación interior de lo que supone para mi este conglomerado urbano, como lo define no sin un punto de aguda ironía un amigo. Sus bellezas, vinculadas a lo contradictorio de la esencia siciliana, reconfortan ahora la impotencia agitada de antaño. En Sicilia, en su capital, escondia tras los humos asfixiantes del tráfico, de la mancha presente, perpétua de una mafia cada vez más silenciosa (mala señal), existen otros mundos con los que pude conectar desde el principio. Visitar la isla, volver aquí, es retormar ese intercambio feliz poblado de presencias que no se resignaron nunca y, precariamente, a pesar de la desgana y el frío interior que la situación política italiana provocan, continúan apostando por romper el circulo onírico en el que Sicila se continua meciendo desde hace ya tanto. Los presentes en el aperitivo de ayer en cas de G. M. sabíamos que la suerte está echada, que romper la dinámica asfixiante de la peor sicilianidad es ya imposible. Y a pesar de todo, ellos resisten sin caer en la estéril queja, presente en cualquier rincón de la ciudad. Durante un tiempo, mientras vivía aún aquí, yo lo hice leyendo las novelas de Vincezo Consolo y frecuentando el museo que se encuentra en el Palazzo Abatellis. Allí, desde el principio, me deje llevar por la sugestión de las miradas de los cuadros del pintor Antonello Da Messina. La belleza condensada en L’Annuziata, inauguró en mi las conexiones entre el arte y la historia en un pasado en el que los intercambios y los juegos de referencias se imponían de manera espontánea. Lo dijo Sciascia en algún lugar: los retratos de Antonello se “parecen” entre ellos: en realidad se sustentan en la idea misma de mimesis. Y es dentro de este proceso de aparente reproducción somatica que emerge una línea sombría que los vincula a la defenición que de los sicilianos se ha hecho a lo largo de la historia, de Cicerón a Tomasi de Lampedusa: son cerrados, sofistas, contradictorios, complican las cosas con astucia , son sensuales, ávidos, violentos, pero en cada uno de sus pensamientos anida como un fantasma la muerte. No por casualidad, también Consolo construyó una entera novela a partir del “ignoto marinaio” di Antonello, un cuadro que se encuentra expuesto en el museo Mandralisca de la ciudad de Cefalú, a través de la cual reflexiona sobre el Risorgimento y el proceso de unificación de Italia, pero también sobre el juego de especular de parecidos que a partir e la mirada se establecen . ¿A quién nos recuerda este marinero desconocido y con actitud desafiante?, se pregunta de nuevo Sciacia. Y el mismo responde a la pregunta afirmando taxativamente que se parece al mafioso y al campesino; al príncipe y al obrero; al diputado sentado en las cortes y al maestro; Incluso al mismo Sciascia y, por supuesto, a Antonello; Somiglia, ecco tutto.

sábado 6 de junio de 2009

Coplas del querer

Foto: Suma Flamenca 2008 by Paco Manzano


Los pasajes por los cuales transita la memoria son a menudo del todo imprevisibles, sobre todo cuando beben de estímulos externos como pueden ser una imagen, un objeto o una canción. Pero es la música sin duda la que, haciéndonos pasar por el trance del una sensiblería que a veces ruboriza, permite mover fichas de un tablero incrustado en el tejido intimo de uno mismo. Estos días, escuchando el nuevo disco de Miguel Poveda se han ido destapando frente a mi, a la manera de los vinos espumosos, un universo poblado de historias y sonoridades que en los primeros años de mi vida acompañaron mi cotidianidad. Desde siempre me sentido vinculado con el mundo del flamenco y los discos aun de vinilo que mi padre escuchaba, su emoción incansable, su tarareo matutino. Las guitarras y las voces desgarradas de la soleá, la guajira, los tientos o los fandangos encarnaban no solo la nostalgia de un hombre por el lugar de origen, sino también una esperanza de continuidad, un hilo aislado que permitía enlazar al hijo catalán con la propia prehistoria andaluza, de manera sublime. Pero había más: Poveda y sus coplas carentes de toda españolidad rancia, despojadas de histrionismos histéricos, me han traído al presente otras melodías, otras voces más populares, menos introspectivas pero igualmente fuertes en mi imaginario sentimental. Porque en ese diminuto piso de periferia inmigrante, en todos los espacios habitados por la familia, lo andaluz hacia acto de presencia a través de las coplas que mi madre escuchaba en la radio. Pasiones y amores, desgarros y duelos, mujeres en su mayoría, que a veces se imitaban las unas a las otras, rompiendo lanzas a favor de la propia dignidad o en contra de ella, reproduciendo un mundo que quizás había dejado de existir en realidad, recreado solo por un instante gracias a la fuerza de la música y al poder evocador de la palabra cantada. La señora que admiraba a Juanita Reina, que se emocionaba con los Campanilleros, que construía con su instinto un espacio en el que sus hijos re-conocían a pesar de no haber vivido el sur, construyó sin saberlo una red de influencias, una amalgama emotiva en la que estos días povedianos he necesitado transitar. No me considero un sentimental, es quizás por eso que detesto los intentos políticos (a menudo logrados) de manipular las conciencias a través del uso perverso de lo identitario, de los orígenes de tal o cual colectivo, de la deformación de la historia colectiva para uso y disfrute de los proprios acólitos. El destello que he visto escuchando a Poveda proviene de una de las muchas realidades que viven en mi, en muchos de nosotros, y me señala algo que no quiero perder: la conexión instintiva con ese almanaque andaluz, hecho de vivencias emocionales y de cante, de nostalgias a menudo incomprensibles y de un sendero cada vez mas claro que une ese tejido atavico a mi escritura. Y es que, además, la potencia creativa de este cantaor badalonés, arrolladora y limpida cuando canta flamenco, desnuda de ropajes superfluos algunas de las coplas que canta, introduce sonoridades cercanas al Jazz, y, como ya hizo de manera memorable Martirio, desmonta la falsa asociación entre copla y franquismo, que la banalizó y se sirvió de ella. Escuchenlo, si les apetece.

martes 2 de junio de 2009

Memorias, historias

Foto: Juan Bosch© 2009 by Dominican Today


No conocía nada de cine dominicano, salvo alguna que otra comedia de argumento descabellado y manufactura precaria que mi amigo E. propuso ver una tarde de lluvia en su casa. En estos días, el consulado de República Dominicana organiza un festival de cine que, sin más pretensión que la de dar a conocer a algunas películas y directores, ha abierto una ventana a ese desconocido país, más allá de los resorts, de la inmigración y de algunas músicas . En la tarde del domingo, los presentes en la sala B del Verdi Park tuvimos la posibilidad de asistir a la proyección de un documental bien armado, relato del intento fallido del escritor e intelectual Juan Bosch, de instaurar en su país un régimen auténticamente democrático. La historia, edulcorada y cuando no silenciada por los poderes fácticos y gubernamentales de la Isla, es la de muchos otros intentos latinoamericanos frustados por los intereses económicos y políticos de los Estados Unidos: en 1962, después de la caida de Trujillo y habiendo sido convocadas elecciones para la elección directa de un presidente de la república que dirigiera la transición dominicana hacia la democracia, los electores, en su inmensa mayoría campesinos deseheredados, dan la victoria con una gran mayoría de votos, al candidato del PRD, a Juan Bosch. Todo lo que vino después, el relato de ese brevísimo periodo en la vida política de la nueva República Dominicana, es un pasaje angustioso, una carrera de obstáculos. La jerarquía católica, los terratenientes, el ejercito, la presión de los Estados Unidos, todos y cada uno de los poderes que durante la dictadura habían acrecentado sus privilegios, su arrogancia, su mala fe, confabularon desde el principio contra esa nueva constitución producto y símbolo de la voluntad no ya de un cambio político sino de la trasformación social y estructural de los mecanismos que regían la vida dominicana. Fue después de la proyección, que contó con la presencia del director del documental, René Fortunato, que tomé conciencia de algo que ya rondaba sin yo saberlo desde el primer fotograma. Y es que, a iniciativa de mismoFortunato y de los organizadores del ciclo, se estableció un proficuo debate entre el publico asistente (mayoritariamente dominicanos residentes en barcelona) y el realizador del film, y casi todas las personas que tomaron la palabra aludieron al profundo desconocimiento que tenían del periodo, agradecidos por haber tenido la posibilidad de conectar con una parte de la proprio pasado colectivo. Los poderes del ejercito dominicano que derrocaron el gobierno de Juan Bosch con la benevolencia de Kennedy, aquel brazo armado que se definía anticomunista, y que los norteamericanos consideraban cínicamente el “mal menor”, borraron intencionadamente los testimonios filmados, secuestraron las voces, rompieron el hilo de la natural memoria histórica. Los totalitarismos , pensé, se sirven siempre de las mismas tácticas de destrucción, de propagación de la ignorancia, de aniquilación de la conciencia y de la historia, cuando no nos imponen la perversa y deformada revisión del pasado. Era obvio que en medio del relato de una historia lejana, se repetían en mi los ecos de la propia: los silencios impuestos, los testimonios censurados por un fascismo español (me cansé del eufemismo franquista) que aún colea bajo mascaras supuestamente democráticas. Pero además, en mi se desperto también una profunda curiosidad hacia todas aquellas historias latinoamericanas (el documental las evoca) de esperanza y desencanto, y la rabia y la impotencia por percibir de nuevo que España sigue dando la espalda al conocimiento sin prejuicios ni aspavientos de la realidad latinoamericana, y que en sus programas educativos actuales a nadie se le haya ocurrido incluir, más allá de la histórica localista y ensimismada de la propia región, una reflexión sin estruendos ni paternalismos acerca de de lo que nos aleja y nos une con los países de Latinoamerica.

lunes 13 de abril de 2009

Proyecciones




Hace ya algunos años un amigo muy cercano, volviendo de uno de sus giras teatrales por el norte de Italia, me trajo una reproducción del cuadro "il Quarto Stato" de Pellizza da Volpedo, que enmarqué enseguida, para así colgarla en el estudio de aquella casa palermitana que al principio tan poco nos gustaba.
En el enjambre de días en los que la semana santa me ha sumergido, para goce de mi parte más contemplativa y quieta, me refugié el viernes santo en la visión de la película Novecento como aquel que cree que, escondiéndose tras los fastos interpretativos de un excepcional grupo de actores, pudiera ser contagiado de un cierto espíritu combativo que supliera al propio, que a veces se cuela por los desagües solemnes de la propia juventud.No sé en que punto de la historia volví a emocionarme, ni siquiera distingo ya que grado de impresión corresponde a la visión del cuadro de Da Volpedo que abre la película (no lo recordaba) o al desgranarse de una(s) historia(s) que entreteje mi imaginario con la fuerza subversiva de algunas de las imágenes y de los discursos que Bertolucci pone en boca de Olmo (el protagonista). Aún así, creo que Novecento es un ejercicio supremo y arrollador de hacer cine, de mezclar y combinar el palpito de la historia de un país con el de los individuos que lo representan. No sé porqué, recordaba la película con un punto de parcialidad ideológica que le quitaba brillo y talento; Volviéndola a ver (de un tirón) reconozco esa parcialidad no ya como un defecto sino mas bien como parte de la maquinaria estética que Bertolucci monta y que nunca aparece como hueca o sin sentido. La historia de Italia y sus contradicciones flagrantes se convierten en telón de fondo para ir más allá, señalando las injusticias sociales, los siempre apabullantes abusos perpetrados por quienes ostentan el poder y esa parte enorme y desheredada de la población que siempre resulta perdedora. Leer il Viceré de De Roberto (más que I promessi Sposi, libro en el cual el buen Manzoni se deja llevar demasiado por la providencia divina, si, la misma que lo erigió en modelo prosaico de la Italia unida), despeja dudas a cerca de lo que es Italia hoy: una unidad ficticia en el que el estado de derecho no ha calado nunca y dónde la dudosa moral de los que ostentan el poder se hace más fuerte gracias al carácter profundamente campanilistico de sus gentes: la realidad supera la ficción...

Más tarde...

Acaban las horas de descanso y el cielo deja de llover como esperando que los ritmos de la cotidianidad se impongan de nuevo, no sin un ápice de crueldad, con un sol de primavera, ausente durante casi toda la santa semana. Con el ímpetu mermado y sin entender aún las razones de esa anomalía que persiste, retrocedo unos meses de mi vida y me decido a ver la Teta Asustada, la ultima película de Claudia Llosa. El Perú recreado a partir de una división social en la que los pobres lo son en extremo y los ricos (y blancos) no parecen querer renunciar a sus enormes privilegios, a su ficticia e irreal idea del país. Teniendo en cuenta siempre que Llosa recrea sin intención realista (tiene razón E.), hay algo de ese ejercicio poético que ahonda en las contradicciones de Perú, que no me convence. Y no por la falta de talento de Magaly Solier, que cuenta con un magnetismo atávico, poco actoral pero muy convincente, sobretodo cuando canta en quechua, sino mas bien porque siento que al rompecabezas que la Llosa pretende armar le falta un punto de sublimación universalizadora, de poética de un ensueño colectivo que yo en su película no sé ver. La perifería de Lima, el contraste con las casa de la señora rica, la pobreza y la sombra de Sendero, los cielos grises, humeantes, el bullicio, los ojos heridos de Fausta/Magaly... parecen fragmentos de algo inconexo a pesar de los momentos de poesía que se intuyen detrás de algunas escenas. No quiero que se malinterpreten mis palabras: disfruté por momentos, pero esperaba que al final las claves que Llosa proponía se uniesen para construir algo que en mi no llegó. Por cierto que aún me pregunto el porqué de los subtítulos en catalán, que invadían la pantalla no solo en los momentos en los que los personajes hablaban en quechua sino también, y a menudo pero no siempre, cuando lo hacían en un más que comprensible (almenos para mi) castellano de Perú ¿Será ésta una de las nuevas modalidades para potenciar el catalán en el cine o es que la forma en la que hablan los actores no se entiende aquí? Yo ya no soy objetivo: tengo la suerte de escuchar cotidianamente diversos acentos latinoamericanos, y, de cuando en vez, como ayer mismo, en Perú alguien se acuerda de mi y me llama, provocando sonrisas silentes difíciles de reproducir aquí. Tentado estuve de preguntar a los demás espectadores (yo fui solo al cine: a veces, como en esta ocasión, tiene inconvenientes) si habían necesitado de la glosa catalana para entender los diálogos... Al final no me atreví.

domingo 29 de marzo de 2009

Vivement Dimanche


El quehacer cotidiano me ha alejado de la escritura durante demasiado tiempo y hoy que la legalidad temporal nos ha robado una hora de nuestras acuosas vidas, me decido a retomar el cuerpo oscuro de mis pensamientos escritos. No por casualidad ocurre en domingo, un día propicio para la calma pensante y la iluminación graciosa de ciertas miradas ilusorias hacia la semana que vendrá. La lectura del diario se convierte en ritual previo al paseo primaveral, hoy nublado, y la calma de las calles del Eixample hacen sentir por un momento que el ideal del noucetisme carneriano ha ganado la batalla a la inurbanidad. Uno siempre espera que el domingo aporte las horas suficientes para poder mentalizarse de lo que vendrá al día siguiente, y busca que el tiempo repose sus alas en versos nuevos, que resuenan como nunca en el silencio que los vecinos parecen respetar. La soledad se impone, inconscientemente buscada, como antídoto al ruido, a la pesadumbre interior que provoca el inminente lunes, su mañana de hastío de trabajo en la oficina, de mascaras gastadas por las pulsiones que acarician ya la piel. En los domingos el amor es más maduro, más reposado que en el resto de días y hoy, sin horas que perder, se perfila con una intensidad de estómago que entusiasma los sentidos y la creatividad huidiza e inconstante de mi tempo. Y aunque nada tenga que ver con la trama del film, que habla más bien de la doblez ambigua de la realidad, del error de las apariencias y la belleza del amor, retomo un titulo truffautiano para este post, evocando así todos aquellos domingos palermitanos en los que me deleitaba, a solas y en penumbra, con las películas del malogrado director francés: días embellecidos siempre por la mirada interrogadora de Doinel/Léaud que desde entonces recorre mi imaginario. No sé si era domingo el día en que el adolescente Antoine, consciente desde muy pronto de no contar con el amor de sus padres, decide escaparse del reformatorio en el que lo encierran, llegando, al fin, a ver el mar. En ese encuadre final, con un agua marina al fondo, la mirada del joven se topa con otra, que no vemos y que está más acá de la cámara. En ese trance que dura segundos aparece la sombra del su doble y el espectador comprende la fuerza catártica de esa huida y el eco autobiográfico con que el director la impregna. Aunque no fuese domingo.

lunes 16 de febrero de 2009

Funámbulos

imagen: Jean Estelle
La poesía que cierne los días en los que Juan Calcetines está en Barcelona mantiene la gracia juvenil, gracias a una conversación que empezó hace muchos años y que, por suerte, no quiere acabar: ahora cobra la fuerza tensa que los años proporcionan. En ese universo en el que la palabra y los silencios se alternan, proficuos, en ese ámbito dónde impera un deseante rayo de profunda amistad, apareció la otra noche un significante con el que no contaba, a pesar de su presencia velada. El gesto, lleno de aparente desvarío, fue propiciado en realidad por un desgarro feroz y violento, una amalgama de pasión, necesidad y huida hacia adelante que solo el alcohol pudo desterrar. La melancólica sombra de la superposición de deseos se subió al tren de un destello posible y abriendo una zanja en el cielo encapotado, mostró su voluntad de colarse allí, raudo y veloz, sin escuchar (el estruendo lo tapaba todo) la insistente voz común que, segura, imponía otro tiempo. Como si en ese instante apareciese el funámbulo con su cuerda dispuesto a recorrerla, esta vez si red de protección. Fue en esa antesala de otra vida que la caricia se volvió pena y la máscara risa amarga. Todo el sinfín de movimientos anteriores, toda esa preparación cuidada, se desplomó con la ímpetu con que la oscuridad de la noche empapaba las almas. Hubiera querido traspasar también yo ese umbral de inconsciencia y perseguir los gestos palpables en cada peldaño. No me dejó la alteración y la sospecha de que detrás del ímpetu inicial aparecería el olvido para borrarlo todo.