La presencia de lo que todos aquellos seres a los que alguna vez hemos amado o continuamos amando, a veces de manera diferente, la esencia de emociones fugaces, de encuentros fructíferos, de intercambios pasajeros pero cuyas impresiones aun gravitan en el horizonte de la propia existencia; el recuerdo para nada nostálgico de vivencias compartidas, de conversaciones de las que como pozo sin fondo se siguen percibiendo nuevos matices, surcos inimaginados; el fluir de una mirada expresión intraducible de necesidad, de deseo profundo e irrevocable de encuentro, de ductilidad, de intercambio de tu a tu, se funden en estos días de calor pesado y trabajo inconexo con los sueños que de noche me visitan y que dejan huella en el recuerdo matinal. No me sorprende su carácter conciso, concreto, pero si la levedad que adoptan, la presteza de sus formas y sentidos. La literatura asoma como eco de una tradición poética que se construye en gran medida a partir de la experiencia amorosa del un yo deseante, perdido o encontrado, verosímil o ampuloso, siempre en continua tensión con el éxodo masivo que exige el tiempo y la posición en la que nos encontramos con respecto a él. Pero no me engaño: escribir poesía exige una escisión temporal entre el hilo de la vida y el de la escritura, dos mundos paralelos que se retroalimentan sin solución de continuidad. Y a pesar de ello, la construcción poética pide una especie de amnesia provisional de ciertas sensaciones, de todas aquellas vivencias que, a flor de piel, tensionan las palabras en exceso. Quizás por todo eso, o por oscuras razones de mi ser que aún desconozco, últimamente no consigo retomar la escritura poética, y los versos se me escabullen a través de las ventanas de mi piel. Es como si el tiempo que tocase vivir fuese el de la levedad de los cuerpos, el de la piel sensible, el de ciertos vuelos emocionales que conectan con lo que está fuera de uno y que el ansia de conocimiento anhela en la intuición. Así está siendo este caluroso verano: un estimulo constante a recorrer los márgenes de la amistad, el eco acuoso de la propia intuición. Mas que escribir, es tiempo de leer poesía, aprovechando las horas de más que la jornada intensiva del trabajo remunerado ofrece, recordando quizás aquellos encuentros frutíferos de hace un año en el Jardín del Ateneu Barcelonès, rescatando versos que pasarón rápidos en edad escolar, casi sin entenderlos. Como esos de Barral que hablan de agua y sueños:
“En las aguas profundas
en las ondas del sueño amurallado,
a menudo apareces
Y en el curso verde y olivadizo de los ríos .
Conozco tu presencia
en las cortezas húmedas del aire
y sé que en un lugar,
excavada en la lluvia
tu iluninada soledad persiste”
Como un mar transparente y ligero, a través de cuyas aguas se intuye, inmensa, su profundidad iluminada.
“En las aguas profundas
en las ondas del sueño amurallado,
a menudo apareces
Y en el curso verde y olivadizo de los ríos .
Conozco tu presencia
en las cortezas húmedas del aire
y sé que en un lugar,
excavada en la lluvia
tu iluninada soledad persiste”
Como un mar transparente y ligero, a través de cuyas aguas se intuye, inmensa, su profundidad iluminada.




